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El espíritu que inicio la Revolución Mexicana

Francisco I. Madero conoció el espiritismo mientras se formaba en París. De regreso al rancho de sus padres, en Coahuila, refinó su conocimiento y consolidó su carácter de médium. Con la práctica, llegó a convencerse que se comunicaba con un espíritu que, a través de su mano, escribía sus recomendaciones y consejos.

Para los espíritas como Madero, la doctrina no es ningún juego, y no pierden el tiempo en trivialidades. El espíritu que se comunicaba con él le recomendaba ser una persona virtuosa, un hombre de familia, y que ocupara su tiempo en estudiar y no en jugar pool. La fuerza de convicción del espíritu moralista se multiplicó cuando se descubrió como “Raúl”, el hermano menor de Francisco que había muerto porque se echó encima el aceite de la lámpara a los cuatro años.

Años después de su primera comunicación, el espíritu de Raúl presentó uno nuevo, José, a su hermano, y juntos pasaron de recomendarle ser una buena persona, a convertirse a un buen ciudadano y más tarde un buen político. Ambos urgían a Francisco a asumir una tarea que transformaría el destino del país y lo llevaría a una nueva época. Madero guardó sus diarios espíritas, y nosotros los podemos consultar. En uno de ellos registró la supuesta comunicación de Raúl para el 30 de octubre de 1907:

¡Cuán feliz me siento al ver que en tu planeta hay seres que compartan nuestros sentimientos, que están dispuestos a luchar para que triunfe la causa de la libertad y la justicia, a fin de que al calor de estos brillantes soles, germinen los buenos sentimientos que dormitan en la humanidad; se desarrollen los nobles esfuerzos que han de llevarlos a la felicidad suprema: a la felicidad dentro del cumplimiento de la ley! ¡Ahora sí has vencido!

Raúl y José acompañaron al presidente hasta su llegada al poder; y siempre le inculcaron el sacrificio y el compromiso por su país. Muchos historiadores consideran que el contacto de Madero con los espíritus dio pie a su afán revolucionario. Es más probable que él mismo expresara su vocación democrática a través de su fe en la doctrina espírita. 

Desafortunadamente para él, los espíritus en los que creían no veían el futuro, y nunca le advirtieron de la traición que lo llevaría a la tumba. Después de 1910, la fama del espiritismo decayó, y su prestigio dentro de los círculos cultos se terminó para siempre.

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